15/02/2018

Durante los últimos años, y gracias en buena medida a los sucesivos adelantos tecnológicos, la productividad se ha disparado. Se alcanzan niveles de PIB (Producto Interior Bruto) nunca vistos en la historia, que sin embargo no llegan a la “gente real”, que ve como se estancan sus salarios. Las desigualdades son cada vez mayores y, si se quiere evitar una convulsión política y social, urge reformular un nuevo contrato social. Es el reto de gobernar la abundancia.

Así definía el momento actual el Decano del IE School of International Relations, Manuel Muñiz, quien ofreció una charla sobre ‘Revolución tecnológica y fractura del contrato social’ en el ciclo de debates ‘Las mañanas del Mañana’ organizado por Asociación Digitales para analizar los cambios políticos y sociales a los que se enfrenta la sociedad actual con motivo de la revolución tecnológica.

El también doctor en Relaciones Internacionales por la Universidad de Oxford analizó los principales retos que plantea la revolución tecnológica: la transformación del mercado laboral y el estancamiento de las rentas y aumento de la desigualdad. 

Muñiz restó importancia al primero porque, si bien aportó proyecciones que apuntan que un 47% de los empleos actuales están en riesgo de desaparición, lo contrastó con otras que aseguran que solo un 10% de los empleos actuales desaparecerán, mientras que un 30% lo que harán es transformarse.

Sin embargo, enfatizó en los peligros que comporta la polarización del mercado laboral, donde se está produciendo una fuerte caída de le generación de empleo en el sector medio. “La riqueza está acumulada en el 1% de la población. Los niveles de desigualdad en el Reino Unido son similares a los de 1.850, mientras que en Estados Unidos son iguales que en 1929.”, dijo.

“Desde 1970 –explicó- la productividad se ha desconectado de las rentas del trabajo. Aumenta la productividad y por tanto indicadores como el PIB o la riqueza global, pero no los salarios. Es el fin del contrato social”.

En su opinión, esto trae principalmente tres consecuencias: pesimismo, apoyo a fuerzas anti-sistema y pérdida de fe en la democracia. Muñiz aseveró que, en contra de lo que algunos han apuntado, no es el aumento de la inmigración lo que ha provocado el apoyo a nuevos movimientos políticos, sino el aumento del precariado. “En ciudades con mayor diversidad cultural como Londres era donde más fuerte era el rechazo al Brexit”, recordó. 

El decano de la IE School of International Relations remarcó que es la economía quien determina los comportamientos políticos. “Quien cree que la economía va bien, confía en sus instituciones. Quien cree que la economía va mal, no confía en ellas. Hay correlación directa entre aumento de desempleo y auge de populismos o apoyo a la salida de la UE”, señaló.

En cuanto a las soluciones señaló 4 ejes de actuación como posible salida a un modelo cuestionado por las generaciones más jóvenes. Solo un 30% de los milennials de EE.UU. considera esencial vivir en democracia, frente a un 80% que sí lo pensaba en 1930.

El primero de ellos es la educación, donde apostó por reforzar las habilidades digitales y apuntaló con datos la correlación directa entre mayores niveles de renta y mayor conocimiento del entorno digital. En segundo lugar, apuntó el recalibrado de la presión fiscal para que se aplique no sobre el trabajo sino sobre el capital y se entienda en términos globales, lo que definió como vía participativa.

El tercer eje es una nueva política redistributiva que profundice en el estado del bienestar, mientras que el cuatro pasa por redefinir el rol del mundo privado, otorgando a las empresas un papel que vaya más allá de generar beneficios para sus accionistas. En suma, un nuevo contrato social que responda al reto de gobernar en la abundancia.